El tema de hoy es: La gran verdad

LA GRAN VERDAD

El tema de hoy es la gran verdad

   En este artículo, expreso mis puntos de vista sobre un tema que para algunos puede ser controversial y solo tiene por objeto mostrar otra opinión sobre algo que a muchos les parece censurable y otros no, ambos conceptos tiene cabida en un mundo plural y ayudan a ampliar horizontes y a que entendamos que hay que respetar los espacios y las ideas que no estén de acuerdo con las  nuestras, eso es pluralidad y tolerancia, por lo demás, con este artículo no pretendo crear polémica, solo expresar lo que pienso, sin más pretensiones que mostrar un lado de algo que en términos generales puede aportar un ingrediente más al razonamiento de las cosas ampliando horizontes, no tiene otra intención.

Ahora bien, nadie me negará que la vida del ser humano gira en derredor del dinero y aunque existan muchos que digan no darle tanta importancia, ¿cómo se desenvolvería su vida sin él y la gran verdad tiene sentido porque muy  pocas personas se sustraen al influjo del dinero, el dinero es la gran verdad que por  conveniencia e hipocresía nos negamos a aceptar, el dinero es tema de tal importancia para el ser humano que está por encima de Dios aunque parezca que estoy cometiendo una herejía por el hecho de expresarlo y le hemos concedido un poder tal, que se puede equiparar a Él aunque abiertamente no estemos dispuesto a aceptarlo y por eso de las conveniencias todos creemos en Dios, si, de palabra, con hechos que lo prueben, no.

  Total que, la gran verdad nos dice que es mejor aceptar que sin dinero, poca cosa somos, aunque en realidad si seamos, paradójico pero cierto, pues al depender de él para poder desarrollar parte de nuestra vida, sin dinero mal podremos sobrevivir, aunque cierto es decir que moralmente no nos está permitido hacer cualquier cosa ni estamos autorizados a participar en cualquiera modalidad  de comercio para conseguirlo porque hay formas que a más de ser delito ante las leyes de los hombres, atacan los principios básicos, espirituales que trae todo ser humano al momento de nacer y esto que acabo de escribir, es también una parte de la gran verdad, no lo olvidemos.

  Tengo que decir también que como toda gran verdad y con todo lo indispensable que es, existen unas vallas morales que  no podemos saltar y en caso de hacerlo, podemos estar seguros que algún tipo de reconvención hemos de tener, llámese castigo, desgracia o problema y esta nos pueden alcanzar aún después de muertos. Así es la vida del ser humano y las leyes espirituales se cumplen, aquí o allá, ahora o después pero se cumplen, esta es una gran verdad espiritual.

   Este tema de la gran verdad, del dinero y de su necesidad, ha llevado a la humanidad a entrar en una temática donde la subasta de bienes es una posibilidad a la que casi todos queremos optar y nos encontramos viviendo en un mundo donde digamos que casi todo tiene un precio, por tanto, al haber un mercado de oferta y demanda, la mejor manera de participar es subiéndose a la rueda de la fortuna para desde allí, poder comerciar con toda clase de bienes, ni los bienes espirituales  se salvan de ser parte de esa subasta aunque a muchos les cause dificultad poder entenderlo o crean que estoy equivocado.

    De los bienes materiales que intervienen en esa subasta poco he de decir porque es de conocimiento general que en ella se puja por todo, de parte de todos y en función de todo, sin exclusiones porque todo lo que tenga un valor, es susceptible de entrar en la lista de ese todo que se puede subastar en ese mercadillo, todo forma parte de la oferta y vamos presurosos en pos de la mercancía de nuestras preferencias, y sin importar el precio, estamos dispuestos a pujar por todo y a luchar por conseguirlo.

    Sobre la subasta de bienes materiales ya he expresado mi opinión, pero, qué decir de la subasta de bienes espirituales cuando vemos que se comercia en función de las creencias religiosas de las personas y se conceden en esas subastas, –una vez pagada la suma de dinero determinada, denominada limosna, contribución o diezmo– “indulgencias plenarias” que no sé muy bien lo que son y no les encuentro el valor, ni creo que los hombres, tengan el título que tengan, estén cualificados ni autorizados para comerciar con bienes espirituales que además son de propiedad del ser humano en general aunque solo podamos hacer uso de ellos por merecimientos, pero eso sí, de manera gratuita pues ellos son una retribución a las buenas acciones en beneficio propio sí, pero con mayor valor cuando las hacemos en beneficio de otros.

    En esta subasta, se puede comprar el perdón de los “pecados” -–para quien lo crea posible— o lo que es lo mismo, hacer borrón de nuestros malos actos e iniciar una cuenta nueva que visto lo visto, siempre podrá ser canjeada en un futuro en el momento de hablar de…malos actos y el resultado final siempre será la impunidad.

    Pero me pregunto yo, dentro de mi ignorancia ¿puede un hombre, hijo de hombres, imperfecto como todos lo somos, con luces y sombras, con vicios y virtudes, con dudas y certezas, con momentos de altruismo y momentos de mezquindad, en general con sus debilidades humanas, asumir la representación de Dios y luego erigirse en juez y por el poder que él se ha conferido, — porque en esto no veo metida la mano de Dios— perdonar las faltas de otros, cuando, creo yo; que el único que puede perdonar es Dios, además por ruego personal e intransferible del directamente interesado.

    Ya para terminar, me pierdo en este laberinto donde convergen: Subastas, representantes divinos y perdones por no poder entenderlo, pienso sí, que algo no está bien en este asunto  y  viendo la clase de personajes involucrados, no me queda  más que batirme en retirada  porque hasta aquí pude llegar con mi disertación sobre la gran verdad y la subasta de toda clase de bienes que bueno es que lo diga, tiene muchos seguidores y que como la gran bolsa de valores que es, mueve miles de millones y beneficia a unos pocos comerciantes industriosos que lo que hacen, muchas de ellos lo hacen en nombre de Dios, un Dios que estoy seguro, no es el mío, ¿es el tuyo?.

 

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